Crítica literaria hispanoamericana


Panorama de la crítica literaria hispanoamericana [aporte nuestro a Wikipedia en colaboración con Pedro Aullón de Haro].


La crítica literaria se ha ejercido en Hispanoamérica en consonancia con la crítica política y cultural desde tiempos de la Conquista de América y la época colonial o virreinal hasta nuestro tiempo. Naturalmente, la crítica hispanoamericana ha estado influida por las principales corrientes filosóficas, estéticas y artísticas del mundo español y europeo, ya sea el Renacimiento, el Barroco y el llamado Culteranismo, el Romanticismo, el Realismo y el Naturalismo, el Modernismo y las corrientes de la Vanguardia histórica, así como las diferentes escuelas metodológicas y de pensamiento del siglo XX.

La época virreinal

Es de observar que en los primeros Cronistas de Indias la crítica aparece aunque de forma embrionaria: desde la polémica intelectual de Fray Bartolomé de las Casas con Gonzalo Fernández de Oviedo y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la humanidad de los indios, en virtud de interpretaciones jurídicas y teológicas. Polémicas similares produjeron textos en los que la crítica literaria es ejercida como instrumento retórico para la argumentación jurídica e histórica. Entre las obras sustantivas en este sentido se encuentra Apuntamientos y anotaciones sobre la historia de Paulo Jovio (El Antijovio), escrito en 1567 por Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, en contra del obispo florentino Paulo Jovio.19​En el mismo sentido, pero de una manera mucho más específica, es de reconocer la aportación del Inca Garcilaso de la Vega, quien en 1605 dio a conocer en Lisboa La Florida del Inca, en la que defendió la legitimidad de imponer en América la soberanía española para someter los viejos imperios indígenas a la jurisdicción cristiana.20
En paralelo al Siglo de oro en España, durante el periodo colonial o virreinal con frecuencia se mezclan crítica literaria y preceptiva retórica y poética, al igual que la sátira, notablemente en relación a obras incluso ya tenidas entonces por clásicas, como es el caso de Luis de Góngora. A este propósito hay que mencionar a Fernando Fernández de Solís y Valenzuela (pariente de Pedro de Solís y Valenzuela, el autor de El desierto prodigioso) por su comedia teatral Laurea crítica (Bogotá, 1629), que contiene burlas de la "secta culterana".21​ En su momento, el poeta Hernando Domínguez Camargo, defendió el estilo culterano o gongorino en su Invectiva apologética, publicada en Madrid en 1675.22​ Dentro del acalorado debate sobre el estilo culterano y el juego conceptista, sobresale Sor Juana Inés de la Cruz con su Carta atenagórica (1690), en contra del sermón del obispo portugués Antonio Vieira, y en defensa de que los dogmas y las doctrinas fueran producto de la interpretación humana, la cual requiere el uso conceptuoso y del ingenio. Un año más tarde, en marzo de 1691, como contrarréplica al obispo de Puebla (Manuel Fernández de Santa Cruz, quien la había atacado con el pseudónimo de Sor Filotea de la Cruz), compuso Sor Juana su correspondiente "Respuesta a Sor Filotea de la Cruz".23

El Siglo XIX

Durante el siglo XIX la crítica literaria hispanoamericana acompañó a la crítica política sirviendo de apoyo a los movimientos de Independencia de España y de creación de las nuevas repúblicas. En principio, representa relevantemente la nueva opción crítica Andrés Bello, cuya tesis de grado, escrita en latín en la Real y Pontificia Universidad de Caracas en 1800, Sólo el análisis tiene eficacia para producir ideas claras y exactas (1800), es una crítica a la Logique (1780) de Condillac, de quien además tradujo Arte de escribir con propiedad (1824). Desde su exilio en Londres, entre 1811 y 1829, Bello conoció la naciente romanística alemana que daba cuenta de la formación filológica de los Estados-nacionales, y estudió el Poema del Cid con el fin de comprender la dinámica del caudillismo en la fragmentación imperial hispana desde una perspectiva jurídica (del Derecho Romano), así como también desde una perspectiva filológica con el fin de entender el papel del idioma español en la construcción de las nuevas repúblicas.24
De ahí su Gramática de la lengua española para uso de los americanos (1847) y su redacción del primer Código civil (para el caso de Chile), así como sus comentarios a la obra de escritores clásicos: Homero, Ovidio, Horacio. El ejemplo filológico-jurídico de Bello influyó en la crítica literaria, principalmente en Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro, quienes igualmente se aplicaron al estudio de la literatura latina y de algunos clásicos del Siglo de Oro español desde la lingüística comparada. En el caso de Cuervo, además de sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje (1867), hay análisis literarios sobre varios clásicos castellanos en su gran e inacabado Diccionario de construcción y régimen;25​en el caso de Caro tanto su traducción de la Eneida como sus ensayos reunidos en Estudios virgilianos (1865-1883).
En la obra del argentino Domingo Faustino Sarmiento, especialmente en Las ciento y una (1853), serie de epístolas dirigidas a Juan Bautista Alberdi, el comentario de textos y la crítica literaria en sí obtiene un gran estilo prosístico. De modo similar, Juan Montalvoaccede, en su novela-ensayo Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (publicada póstumamente en 1892), a un discurso crítico de carácter narrativo o imaginativo. Ahora bien, hacia 1882 José Martí, en su prólogo al Poema del Niágara (1882),26​ del venezolano José Antonio Pérez Bonalde, somete a crítica la alteración que la nueva sociedad mercantil ejerce sobre los paradigmas tradicionales de interpretación y autoridad intelectual.27​Es de recordar, por otra parte, que Baldomero Sanín Cano fue de los primeros divulgadores o comentadores de Nietzsche en el mundo hispano.28​ Por su parte, Manuel González Prada, autor de Páginas libres. Horas de lucha(1894), incorpora a la crítica literaria las corrientes filosóficas del anarquismo de entonces, que influirá en José Carlos Mariátegui.

El Siglo XX

Frente al positivismo decimonónico, reductor de la Crítica a sociología, como frente al conservadurismo excesivo que la había reducido a preceptiva, José Enrique Rodó renueva la disciplina en tanto rama de la estética y ésta última a su vez como parte esencial de la filosofía, primero mediante los dos opúsculos de la Vida NuevaEl que vendrá (1897) y el estudio sobre Rubén Darío (1899), después en los artículos reunidos en El mirador de Próspero (1913), que no sólo comentan la obra de Montalvo, Clarín y Menéndez Pelayo, sino además reflexionan acerca de la importancia de incorporar los géneros ensayísticos y didácticos a la enseñanza de la literatura como paso básico para una epistemología literaria y una pedagogía justa que no descuide la estética. Por último, en "La facultad específica del crítico" (póstumo de 1933), Rodó manifiesta que Ariel (1900) y Motivos de Proteo (1909), que tanta influencia tendrán en los ensayistas posteriores, deben reconocerse como obras de un crítico literario.
Con toda probabilidad, el más influyente crítico literario de la primera mitad del siglo XX hispanoamericano es Pedro Henríquez Ureña. En sus ensayos Horas de estudio (1905) y En la orilla: mi España (1922) ya advierte el nacimiento de la estilística; en Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928) incluso orienta un sentido general hispanoamericano, y en dos libros: Las corrientes literarias en la América Hispana (1941) e Historia de la cultura en la América hispana (1949)29​ da cuerpo por primera vez a la entidad literaria de Hispanoamérica.30​ Henríquez Ureña fue mentor de Alfonso Reyes. Por su parte, tanto la teoría estética de José Vasconcelos, como la diseminada obra teórica de Vicente Huidobro, el más notable creador de teoría poética vanguardista en lengua española, presentan relevantes elementos de crítica.
Alfonso Reyes posee una producción de tal dimensión humanística, como filólogo clásico, crítico, historiador, americanista, prosista artístico e incluso poeta, que le convierte en la figura intelectual hispanoamericana seguramente de mayor envergadura. En tanto que crítico literario teórico, y en razón de la capacidad epistemológica que lo sustenta, es sin duda uno de los más importantes autores del siglo XX, no hispanoamericano sino en conjunto de la cultura occidental. Así lo atestiguan obras como La experiencia literaria y, sobre todo, El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaria31​ Junto a la independencia intelectual y la potencia epistemológica de El Deslinde, Reyes supo desplegar también una crítica aplicada imaginativa que llegará a influir en Jorge Luis Borges.32​ Reyes, que fue posgraduado de Filología en el Centro de Estudios Históricos de Madrid (1914-1920), se interesó asimismo por la crítica textual. En 1920 ya había hecho una versión en prosa de el Poema de Mío Cid, estudiado los clásicos del Siglo de Oro y editado parte de la poesía de Góngora, cuyo redescubrimiento anuncia a los autores de la Generación del 27.33​ Sin Reyes no sería explicable la obra crítica de Octavio Paz, quien en realidad arranca de El deslinde para su reflexión sobre la poesía moderna en El arco y la lira (1956),34​ siendo de recordar asimismo El laberinto de la soledad (1950), uno de los ensayos mejor elaborados por la crítica político-cultural de México.
La única figura crítica parangonable a Reyes es la del neobarroco cubano José Lezama Lima.35​ Además de profundo poeta y prosista es autor de crítica aplicada de primer rango y a su vez el mayor pensador estético hispanoamericano, penetrantemente antimoderno, formado en la antigua tradición filosófica europea. Compuso en cinco capítulos La expresión americana (1957), obra en que se cruza la originalidad crítica con la estética aplicada. Acaso su mayor y más ambicioso proyecto sea aquel que laberínticamente dejó para reconstruir al lector o la crítica futura, la reflexión estético-literaria metafísica elaborada mediante ensayos de asombrosa y esencialista complejidad técnica conceptual.36
Entre los críticos literarios hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, al margen de otros relevantes, probablemente sean imprescindibles Mariano Picón SalasEnrique Anderson ImbertAntonio Cornejo PolarÁngel RamaBeatriz SarloRaúl CastagninoAntonio AlatorreRafael Humberto Moreno-DuránGuillermo SucreRoberto Fernández RetamarRafael Gutiérrez GirardotNoé JitrikAdolfo CastañónEmir Rodríguez MonegalGrínor Rojo; así como otros muy diversos más o menos destacados: Hernando Téllez, Jaime Alazraki o Christopher Domínguez Michel.


    Notas y referencias



    1.  Cf. Gonzalo Jiménez de Quesada, El Antijovio, ed. de Manuel Ballesteros Gaibrois, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1952.
    2. Volver arriba Véase Mercedes López-Baralt, El inca Garcilaso, traductor de culturas, Madrid, Iberoamericana, 2011
    3. Volver arriba Juan José Arrom, “La Laurea crítica de Fernando Fernández de Valenzuela, primera obra teatral colombiana”, en Thesaurus, Tomo XIV, núm. 1-2-3 (1959), pp. 161-185. Disponible en: [2]
    4. Volver arriba Véase Ana Carolina Ochoa Roa, “La Invectiva apologética de Hernando Domínguez Camargo: una sátira a propósito de ciertas formas de poesía", en Revista Perífrasis, vol. 4, núm. 7, enero-julio (2013), pp. 37-51. Disponible en: [3]
    5. Volver arriba Cf. Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, México, FCE, 1982, p. 518
    6. Volver arriba Véase Iván Jacksic, Andrés Bello: pasión por el orden, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2001, p. 24-25.
    7. Volver arriba Cf. Sebastián Pineda Buitrago, Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XX, Bogotá, Siglo del Hombre Editores, 2012, pp. 134-135.
    8. Volver arriba José Martí, "Prólogo". Disponible en: [4]
    9. Volver arriba Véase Clara María Parra (ed.), Crítica literaria y crítica cultural en América Latina, Chile, Universidad de Valparaíso, 2015.
    10. Volver arriba Cf. David Jiménez, Historia de la crítica literaria en Colombia, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2002.
    11. Volver arriba Estas obras se originan en una serie de conferencias del autor en la Universidad de Harvard. Existe edición conjunta de ambas obras por V. Cervera, en Madrid, Verbum, 2007.
    12. Volver arriba Véase Liliana Weinberg, Seis ensayos en busca de Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, 2015. Disponible en: [5]
    13. Volver arriba De la extensa obra de A. Reyes hay excelente edición de Obras Completas (México, FCE). Existen varias ediciones individuales de La experiencia literaria, desde Buenos Aires (Losada) hasta Barcelona (Bruguera). Para El deslinde, ed. de P. Aullón de Haro y E. Zarzo, Madrid, Verbum, 2015.
    14. Volver arriba Cf. Sebastián Pineda Buitrago, La musa crítica: teoría y ciencia literaria de Alfonso Reyes, México, 2007.
    15. Volver arriba Véase Sebastián Pineda Buitrago, El exilio creador: Alfonso Reyes en España (1914-1924), Tesis de Doctorado, El Colegio de México, 2015. Disponible en: [6]
    16. Volver arriba Cf. Anthony Stanton, El río reflexivo. Poesía y ensayo en Octavio Paz (1931-1958), México, El Colegio de México-FCE, 2015, p. 24.
    17. Volver arriba Véase el volumen II de sus Obras Completas, México, Aguilar, 1977
    18. Volver arriba Cf. J. Lezama Lima, Escritos de Estética, ed. de P. Aullón de Haro, Madrid, Dykinson, 2010.

    Nuestro libro de historia literaria: 

    Breve historia de la narrativa colombiana. Siglos XVI-XX (Bogotá, 2012-2013)







    Alfonso Reyes (Monterrey, México, 1889-1959)  Aquí, en PDF, nuestro sobre la teoría literaria de Alfonso Reyes.


    ALFONSO REYES


    LA TOTAL CIRCUNFERENCIA



    “Reyes, la indescifrable Providencia
    que administra lo pródigo y lo parco
    nos dio a los unos el sector y el arco,
    pero a ti la total circunferencia”.

    “In Memoriam AR”, J. L. Borges 



    "Humanización de Nuestra América":

    Sus ideas son tan diáfanas que hablar de él implica de algún modo parafrasearlo. No hay necesidad de sobreinterpretaciones. Por donde se abran cualquiera de sus tomos a las dos líneas quedamos impregnados de su estilo. Trasciende el interés académico – de ahí su poca presencia en nuestras universidades – para posarse en un plano más cercano a la vida y hasta trasformar, a poco que lo releemos en silencio, nuestra visión crítica del mundo como si activara algún tendón de la inteligencia, acaso efecto del nerviosismo tranquilo de su prosa. Se trata de esa aparante calma de los grandes desesperados que opera sobre una reflexión estética del lenguaje. Es que los mejores prosistas suelen ser los mejores pensadores [...]


    El utopista-realista 

    Si Latinoamérica nació de la utopía del Renacimiento, ¿no ha sido esa buena intención la que, en menor o mayor grado, la ha conducido al infierno? ¿No hay un peligro latente en las izquierdas al asociarse con los espejismos de la ficción? Naturalmente Reyes se aplicó siempre a ser un hombre de acción. Como a su padre, también a él “aquello de sólo dedicarse a soñar se le figuraba una forma abominable del egoísmo” (*15). Sabía que había una especie de servidumbre tanto en la esperanza como en el miedo, es decir, tanto en las promesas de una política de izquierda como en el recurso retrógrado de la derecha. Había leído en Baruch Spinoza que “la base psíquica de las relaciones de dominación” eran el temor y la esperanza, pero que la verdadera ciencia política no debería “mezclar risas ni lamentos” (*16). Presto a escoger entre las dos, Reyes se inclinó obviamente por la risa y la esperanza, pero en una forma medida y prudente. Tan prudente y medida que, a pesar de haber sido un hombre de izquierda, ningún grupo intelectual de izquierda reivindicó su nombre en el largo predominio cultural que tuvieron durante la segunda mitad del XX. Bajo los brutales entusiasmos marxistas de las décadas pasadas, sin duda, Reyes aparecía como de derecha. Observa Eugenia Houvenaguel que a Reyes lo perjudicó su personalidad demasiado diplomática -diplomacia que es más bien escepticismo- por cuanto no se comprometió demasiado ni protestó lo suficiente con los problemas políticos, económicos y sociales del continente (*17). La misma crítica o solicitud se la pidió Germán Arciniegas en 1950, una época en que más de la mitad de Latinoamérica se hallaba bajo dictaduras. En carta de diciembre 23 de 1950, Arciniegas le expresó a Reyes desde Nueva York su alarma por la libertad del continente (seguir leyendo: El pensamiento político de Alfonso Reyes).